Siempre me han preguntado cuál es mi película favorita y
nunca he sabido responder ante la indecisión de tener que elegir tan solo una.
Por mi afición al cine, considerado el séptimo arte, he
visto películas de todos los estilos posibles, desde las clásicas comedias
románticas hasta las de ciencia-ficción. Sin embargo, sí he de reconocer que
hay una que ha conseguido marcar un antes y un después en mi vida, por eso
quiero hablar de ella.
La película Titanic
narra la historia del transatlántico británico que se hundió el 15 de abril de
1912 durante su viaje inaugural. El naufragio fue provocado por un choque, de
camino a Terranova, contra un iceberg que partió el casco del barco. Tras la
colisión, las planchas del lado de estribor comenzaron a inundarse. Durante dos
horas aproximadamente el navío se fue hundiendo gradualmente hasta que se
partió totalmente en dos. En ese periodo algunos pasajeros fueron evacuados en
los escasos botes salvavidas disponibles. Aún así, este trágico accidente se
llevó por delante la vida de miles de personas, conmocionando a toda la
población mundial.
Cuenta la leyenda, el mito y las ganas humanas de embellecer
los recuerdos que la orquesta del Titanic siguió tocando cuando todo el mundo
chillaba, se escondía y aceptaba que la muerte estaba llamando a su puerta. Lo
hicieron para calmar los ánimos y, cuando se dieron cuenta de que ya no había
solución, sacaron su dignidad, alzaron las cabezas y continuaron tocando. Desgraciadamente,
ninguno consiguió sobrevivir al naufragio.
El Titanic transportaba numerosas personas divididas por
clase. Por un lado, los irlandeses que, como Jack, buscaban el cúmulo de
oportunidades que la palabra América contenía. Por otro, los ‘milords’ sin fortuna que buscaban en ese
continente la posibilidad de casar a sus hijas con un joven sin rango pero
rico. También, estaban los marineros que dedicaban su vida al trabajo en el
barco y las camareras que soñaban con servir platos en primera. Era el recuerdo
de una sociedad herida, hundida y en vías de extinción, pero con ganas de salir
adelante.
Se hacía evidente el contraste entre las vajillas de plata de
los ricos y las cocinas de la tercera clase donde las ratas campaban a sus anchas.
Los camarotes superiores tenían cuadros de Picasso mientras los inferiores eran
desparasitados. Las fiestas de los más adinerados tenían lugar en enormes
salones y las de los más humildes se celebraban sobre las mismas mesas en las
que comían. El mismo barco recogía todas estas diferencias. Esto hizo viable
que surgiera un amor imposible entre dos
jóvenes de distintas clases sociales.
Jack Dawson era irlandés y vivía en un pequeño pueblo a las
afueras de Dublín mientras veía cómo las luchas políticas invadían su país,
escaseaban los puestos de trabajo y la miseria llenaba cada vez más su casa.
Había oído hablar de América y de todas las oportunidades que existían en ese
continente lejano. Finalmente como premio de una partida de póquer, conseguía hacerse
con un billete de tercera clase que le llevaría a un nuevo mundo.
Rose DeWitt era una joven de Filadelfia que estaba forzada por
su madre a comprometerse con un arrogante treintañero para aliviar las deudas
que le había dejado su padre y poder, de esta forma, conservar su alta clase
social. Ansiaba conocer América, pues se sentía presionada e incompleta a pesar
de su juventud.
La noche en la cual Rose decidió suicidarse saltando por la
popa del barco, como consecuencia de su infeliz y monótona vida, Jack consiguió
detenerla a tiempo y darle motivos convincentes para que no lo hiciera. Así se
conocieron los dos jóvenes, en una bonita jugada del destino. Su historia
continuó a escondidas, compartiendo sentimientos y aficiones a la pintura, al
baile e incluso a la hípica, hasta que finalmente se besaron frente al mar, en
una de las escenas más míticas del cine.
El Titanic fue el escenario en el cual una chica rebelde de
buena familia y un muchacho humilde de gran corazón se enamoraron locamente el
uno del otro. Las ganas de aventuras y la ilusión les unieron, aunque no por
demasiado tiempo, pues el barco en el que viajaban se hundió. Pero fue un amor
tan intenso y apasionado que sobrevivió a la muerte de uno de los componentes
de la pareja y al inmutable paso del tiempo.
En mi opinión, esta película tiene una esencia especial. Posee
el sabor amargo de las historias que no acaban bien pero que volverías a
revivir innumerables veces. Ha pasado a ser algo más que un barco sumergido
para acabar convirtiéndose en mito. Es una fuente de literatura y de cine
inagotable. Narra una bonita historia de amor con dosis de misterio, de intriga
y de esperanza. Es algo tan humano como querer derrotar a la naturaleza y
pensar que todo va a salir bien, incluso cuando las posibilidades de que esto
ocurra sean mínimas.
Nos parece un hecho tan lejano por detalles como la
separación por clases, pero a la vez cercano por hacernos pensar en que si aguantamos
un fallo tras otro llegará un momento en el cual explotarán. El margen de error
de los errores está muy limitado por la
codicia de las personas.
Por otra parte, anima
a reflexionar sobre el valor del lujo y del dinero, pues el Titanic era
sinónimo de todo ello, pero a pesar de eso no se gastó presupuesto ni espacio en
equipar al navío con botes salvavidas suficientes. ¿Fue un fallo no prever que
podía ocurrir un accidente? ¿Era una muestra de debilidad para un barco tan
importante admitir que era posible su hundimiento?
Está claro que nunca conoceremos las respuestas ni los
verdaderos motivos que desencadenaron una de las mayores tragedias en el mar.
En mi opinión, el barco fue creado para surcar océanos, y estaba perfectamente
diseñado y equipado con materiales de calidad y fiables, que eran al fin y al
cabo los mejores de la época. También
era cómodo para los viajeros, sobre todo para los más ricos, que tenían a su
disposición camarotes variados, grandes cubiertas, piscinas y salones inmensos.
Sin embargo, nadie pareció percatarse de que no se había
dejado suficiente espacio para poner el número adecuado de botes y chalecos
salvavidas. Fue un despiste fatal o, tal vez, una negación a aceptar que
quienes viajaban en el Titanic podían necesitarlos si el barco se hundía.
En definitiva, creo que esta conocida película nos deja
varias conclusiones. Es posible enamorarse en cualquier lugar y momento de
nuestras vidas. Rose no creía en el amor al verse atrapada en una sociedad de
apariencias y Jack luchaba por sobrevivir sin dejar lugar a los sentimientos,
pero coincidieron y se juntaron en el Titanic.
El tiempo cura heridas, pero no hace que las olvidemos. Muchos
años más tarde, la protagonista y muchos supervivientes más recordaban aún con
tristeza lo sucedido.
La perfección no existe, todos cometemos errores. De esto debieron
darse cuenta más tarde las personas que diseñaron el transatlántico bajo la
idea de que fuese el mejor de todos los tiempos.
Y, por último, todos somos iguales. Ante una tragedia de
estas dimensiones vale lo mismo la vida tanto de una persona rica, como del
capitán del barco o de una camarera de tercera clase.
Pilar Nieto

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