lunes, 9 de diciembre de 2013

1912


Siempre me han preguntado cuál es mi película favorita y nunca he sabido responder ante la indecisión de tener que elegir tan solo una. Por mi afición al cine, considerado el séptimo arte, he visto películas de todos los estilos posibles, desde las clásicas comedias románticas hasta las de ciencia-ficción. Sin embargo, sí he de reconocer que hay una que ha conseguido marcar un antes y un después en mi vida, por eso quiero hablar de ella.

La película Titanic narra la historia del transatlántico británico que se hundió el 15 de abril de 1912 durante su viaje inaugural. El naufragio fue provocado por un choque, de camino a Terranova, contra un iceberg que partió el casco del barco. Tras la colisión, las planchas del lado de estribor comenzaron a inundarse. Durante dos horas aproximadamente el navío se fue hundiendo gradualmente hasta que se partió totalmente en dos. En ese periodo algunos pasajeros fueron evacuados en los escasos botes salvavidas disponibles. Aún así, este trágico accidente se llevó por delante la vida de miles de personas, conmocionando a toda la población mundial.

Cuenta la leyenda, el mito y las ganas humanas de embellecer los recuerdos que la orquesta del Titanic siguió tocando cuando todo el mundo chillaba, se escondía y aceptaba que la muerte estaba llamando a su puerta. Lo hicieron para calmar los ánimos y, cuando se dieron cuenta de que ya no había solución, sacaron su dignidad, alzaron las cabezas y continuaron tocando. Desgraciadamente, ninguno consiguió sobrevivir al naufragio.

El Titanic transportaba numerosas personas divididas por clase. Por un lado, los irlandeses que, como Jack, buscaban el cúmulo de oportunidades que la palabra América contenía. Por otro, los ‘milords’ sin fortuna que buscaban en ese continente la posibilidad de casar a sus hijas con un joven sin rango pero rico. También, estaban los marineros que dedicaban su vida al trabajo en el barco y las camareras que soñaban con servir platos en primera. Era el recuerdo de una sociedad herida, hundida y en vías de extinción, pero con ganas de salir adelante.

Se hacía evidente el contraste entre las vajillas de plata de los ricos y las cocinas de la tercera clase donde las ratas campaban a sus anchas. Los camarotes superiores tenían cuadros de Picasso mientras los inferiores eran desparasitados. Las fiestas de los más adinerados tenían lugar en enormes salones y las de los más humildes se celebraban sobre las mismas mesas en las que comían. El mismo barco recogía todas estas diferencias. Esto hizo viable que  surgiera un amor imposible entre dos jóvenes de distintas clases sociales.

Jack Dawson era irlandés y vivía en un pequeño pueblo a las afueras de Dublín mientras veía cómo las luchas políticas invadían su país, escaseaban los puestos de trabajo y la miseria llenaba cada vez más su casa. Había oído hablar de América y de todas las oportunidades que existían en ese continente lejano. Finalmente como premio de una partida de póquer, conseguía hacerse con un billete de tercera clase que le llevaría a un nuevo mundo.

Rose DeWitt era una joven de Filadelfia que estaba forzada por su madre a comprometerse con un arrogante treintañero para aliviar las deudas que le había dejado su padre y poder, de esta forma, conservar su alta clase social. Ansiaba conocer América, pues se sentía presionada e incompleta a pesar de su juventud.

La noche en la cual Rose decidió suicidarse saltando por la popa del barco, como consecuencia de su infeliz y monótona vida, Jack consiguió detenerla a tiempo y darle motivos convincentes para que no lo hiciera. Así se conocieron los dos jóvenes, en una bonita jugada del destino. Su historia continuó a escondidas, compartiendo sentimientos y aficiones a la pintura, al baile e incluso a la hípica, hasta que finalmente se besaron frente al mar, en una de las escenas más míticas del cine.

El Titanic fue el escenario en el cual una chica rebelde de buena familia y un muchacho humilde de gran corazón se enamoraron locamente el uno del otro. Las ganas de aventuras y la ilusión les unieron, aunque no por demasiado tiempo, pues el barco en el que viajaban se hundió. Pero fue un amor tan intenso y apasionado que sobrevivió a la muerte de uno de los componentes de la pareja y al inmutable paso del tiempo.

En mi opinión, esta película tiene una esencia especial. Posee el sabor amargo de las historias que no acaban bien pero que volverías a revivir innumerables veces. Ha pasado a ser algo más que un barco sumergido para acabar convirtiéndose en mito. Es una fuente de literatura y de cine inagotable. Narra una bonita historia de amor con dosis de misterio, de intriga y de esperanza. Es algo tan humano como querer derrotar a la naturaleza y pensar que todo va a salir bien, incluso cuando las posibilidades de que esto ocurra sean mínimas.

Nos parece un hecho tan lejano por detalles como la separación por clases, pero a la vez  cercano por hacernos pensar en que si aguantamos un fallo tras otro llegará un momento en el cual explotarán. El margen de error de los errores está muy limitado  por la codicia de las personas.

 Por otra parte, anima a reflexionar sobre el valor del lujo y del dinero, pues el Titanic era sinónimo de todo ello, pero a pesar de eso no se gastó presupuesto ni espacio en equipar al navío con botes salvavidas suficientes. ¿Fue un fallo no prever que podía ocurrir un accidente? ¿Era una muestra de debilidad para un barco tan importante admitir que era posible su hundimiento?

Está claro que nunca conoceremos las respuestas ni los verdaderos motivos que desencadenaron una de las mayores tragedias en el mar. En mi opinión, el barco fue creado para surcar océanos, y estaba perfectamente diseñado y equipado con materiales de calidad y fiables, que eran al fin y al cabo los  mejores de la época. También era cómodo para los viajeros, sobre todo para los más ricos, que tenían a su disposición camarotes variados, grandes cubiertas, piscinas y  salones inmensos.

Sin embargo, nadie pareció percatarse de que no se había dejado suficiente espacio para poner el número adecuado de botes y chalecos salvavidas. Fue un despiste fatal o, tal vez, una negación a aceptar que quienes viajaban en el Titanic podían necesitarlos si el barco se hundía.

En definitiva, creo que esta conocida película nos deja varias conclusiones. Es posible enamorarse en cualquier lugar y momento de nuestras vidas. Rose no creía en el amor al verse atrapada en una sociedad de apariencias y Jack luchaba por sobrevivir sin dejar lugar a los sentimientos, pero coincidieron y se juntaron en el Titanic.

El tiempo cura heridas, pero no hace que las olvidemos. Muchos años más tarde, la protagonista y muchos supervivientes más recordaban aún con tristeza lo sucedido.

La perfección no existe, todos cometemos errores. De esto debieron darse cuenta más tarde las personas que diseñaron el transatlántico bajo la idea de que fuese el mejor de todos los tiempos.


Y, por último, todos somos iguales. Ante una tragedia de estas dimensiones vale lo mismo la vida tanto de una persona rica, como del capitán del barco o de una camarera de tercera clase. 

Pilar Nieto 

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